Donald Trump tiene razón

Donald Trump tiene razón
Muchas veces no estoy de acuerdo con los díscolos, porque uno casi nunca sabe cómo piensan en realidad y si van a actuar como consecuencia de principios y normas de conducta ya establecidas. El hecho es que, sin prejuicio alguno, debo admitir que estoy totalmente de acuerdo con lo expresado por el elegido presidente de Estados Unidos Donald Trump en el sentido de que «si Cuba es reacia a hacer un mejor acuerdo para el pueblo cubano, los cubanoamericanos y EEUU, rescindiré el acuerdo». Y estoy en contubernio con esa idea, porque, de cumplirse, el próximo inquilino de la Casa Blanca no va a tener que rescindir los acuerdos y avances que se han producido estos dos últimos años entre Estados Unidos y Cuba.
Vayamos por partes:
Primera condicionante: que Cuba sea reacia a hacer un mejor acuerdo para el pueblo cubano. Ni en la más fantástica mente se puede concebir que Cuba impida no uno, sino todos los acuerdos posibles a favor del pueblo cubano. Eso no puede ocurrir, en primer lugar porque el propio pueblo no lo permitiría y en segundo lugar porque no es concebible que se desarrolle un proceso de normalización de las relaciones entre dos pueblos, gobiernos y entidades políticas que han vivido en guerra durante cincuenta años, sobre la base del respeto a la integridad física del otro, y , sobre todo, a la independencia y soberanía de las partes, sin que se obtengan los mejores resultados para los intereses legítimos del pueblo cubano. Todo el pueblo cubano tiene el derecho, amén del deber histórico, de exigir que cualquier acuerdo entre los dos países cumpla con el elemental principio de que sirva a los intereses históricamente refrendados del pueblo cubano, a sus derechos nacionales y a sus perspectivas de desarrollo socioeconómico. Todo lo que se oponga a este axioma, es contraproducente e inaceptable.
Segunda condicionante: que Cuba sea reacia a hacer un mejor acuerdo para los cubanoamericanos. Del mismo modo, los cubanoamericanos tienen que ser, como parte del pueblo cubano, amplios beneficiarios de cualquier coyuntura histórica que tienda a mejorar las relaciones entre nuestros pueblos y gobiernos. Recordemos que prácticamente todos nuestros próceres vivieron y padecieron el exilio y que hasta nuestro Apóstol vivió en Estados Unidos por quince años. El asunto sería, entonces, como dice mi amigo Curiel, definir correctamente el concepto de “cubanoamericano”, porque ningún reduccionismo es posible en este sentido. Aunque no creo que haya tanto problema con esto, pues está claro para todos los que aman a Cuba y a los Estados Unidos que los cubanoamericanos que deben asumir derechos refrendados en cualquier diálogo, son los cientos de miles de nacionales que de este archipiélago que sigue siendo llave del golfo, y no porque lo diga yo, han salido del país, por diferentes circunstancias, y dirigido al norte, porque allí es donde se crearon las mejores condiciones para que fuera el emigrado elegido y protegido, pero que después de muchos años, en una inmensa mayoría quiere mantener buenas relaciones con su patria de origen, a la que no quiere ver ni agotada ni sufrida, menos humillada; aun cuando no compartan el sistema político existente en la isla. Cubanoamericanos minoritarios hay que piensan muy diferente, y que en nombre de intereses ajenos a los del pueblo cubano han levantado siempre sus voces, sus espacios, sus dineros y sus influencias para que el poder norteamericano aplaste al pueblo cubano, lo hunda en la miseria y el hambre y lo humille de todas las formas posibles. Esos cubanoamericanos, a los que siempre les ha importado un bledo el pueblo cubano, no tienen que ser tenidos en cuenta en ninguna tratativa, pues ello no marcaría la diferencia. Ni tan siquiera pienso que se les deba excluir, pues defiendo a todas las minorías del mundo, casi siempre los más explotados y olvidados de la historia; lo que digo es que ese pequeñísimo grupo, a pesar de que sigue abrogándose el derecho de ser representante de una comunidad que ya rebasa el millón de conciudadanos, sin serlo en modo alguno; no debe ser referente alguno para ningún acuerdo, y sí la masa de pueblo que trabaja, triunfa, llora y sangra desde la identidad cubana, desde la raíz profundamente criolla y desde los intereses de madres, hijos, hermanos, primos, amigos, niñas y niños, ancianas y ancianos, cubanas y cubanos, de todos lados que quieren bien a Cuba.
Tercera condicionante: que Cuba sea reacia a hacer un mejor acuerdo para Estados Unidos. Eso es un imposible, así que casi ni merece la pena un mínimo análisis. Claro que cualquier acuerdo, como los alcanzados hasta el presente, responden a los intereses de esa gran potencia. Todas las tratativas que se desarrollen entre ambos países, sin dudas han contribuido y lo harán en el futuro, a un desarrollo de la producción, el comercio, las finanzas, comunicaciones y las inversiones que redunden en mayor prosperidad económica de los Estados Unidos. No hay la más mínima posibilidad de que algún acuerdo deje de beneficiar la integridad estatal, la seguridad nacional y la identidad cultural norteamericana; pues ni lo permitirían los negociadores estadounidenses, ni lo intentarían, como locos, los diplomáticos cubanos. De hecho, los más importantes intereses del pueblo norteamericano, genuinos representantes de la nación, están protegidos y seguirán siéndolo en todo circunstancia, en contradicción con los que piensan que el deber de Cuba es convertirse, de nuevo, en colonia o dependencia de los Estados Unidos, lo que sí determinaría condiciones que impedirían lo anterior, pues la isla dejaría de ser lo que le permite sentarse hoy a la mesa de negociaciones.
Donald Trump tiene razón. El futuro de las negociaciones cubano-norteamericanas debería pasar por defender los legítimos intereses de los nacionales cubanos y norteamericanos y el de los dos países, sin menoscabo de sus intereses, identidades y, sobre todo, del derecho de sus pueblos a resolver sus problemas internos de la mejor manera posible, sin intervencionismos o injerencias de ningún tipo que puedan lacerar, aunque sean mínimamente, la independencia y soberanía de alguna de las partes.

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