Diciembre: mes de fronteras

Por William Luna Castro

Diciembre es un mes diferente a todos, pues no es mes en sí, sino para sí. Es el reservorio de todo lo que le antecedió por años y la catapulta hacia lo desconocido, que todos quisieran adivinar desde el optimismo más quimérico.

Diciembre es mágico, ni la objetividad tiene lugar en él de forma normal. En tanto los dolores se sienten más fuertes y las angustias se nos hacen más hiperbólicas; los goces se agigantan y las alegrías se exponencian a una grado inimaginable. Aquí no caben medias tintas, todo es exagerado. Reímos más que nunca y los abrazos son como más definitivos, mientras que los que tienen motivos para llorar, que son muchos, lo hacen a raudales y sin miramiento.

Diciembre tiene un no se qué, que nos estremece, que nos conmueve hasta los tuétanos, sobre todo, porque es el mes del recuento, ese manejo de nuestro yo más íntimo que nos revela la memoria personal y familiar, en un debate entre las voces de muy dentro de nosotros, sin que podamos hacer mucho por evitarlo.

Cuando se acercan los últimos días del año, casi no podemos soslayar ese sopor del pensamiento más intimista y profundo, cual filósofo que llevamos dentro, para dar contestación y hasta enfrentar, desde la tranquilidad más inquietante, a todas las preguntas, incluso a las que están por hacerse.

No importa, en el preámbulo de un año nuevo, el frío o el calor, o quiénes somos o qué hacemos, o dónde estamos; porque a casi todos nos embarga, aún cuando nos colme un estado privilegiado, ese sentido de la imaginería analítica que nos permite –casi por inercia- hacer un recorrido mental por los espacios transitados, por las personas conocidas, por las dificultades todas que nos han golpeado, por las alegrías que hemos tenido, por los pesares de nuestro cuerpo y espíritu, o el de las personas que más nos importan; por las angustias de futuro.

Todo cabe en nuestras conciencias, cuando se acerca ese momento cumbre en que un año muere y el otro nace. Pasan muchas cosas de nuestras vidas, como reflejo condicionado, por la memoria de estos días; tal vez como proceso natural de cada cual para proteger las esencias de lo mejor que nos ha sucedido y también para redimir, en alguna medida, todo aquello que ha hecho mella en nuestra vida creciente.

Unos, los más jóvenes, creyendo que tienen todo el tiempo del mundo; otros, los de mediana edad, sabiendo que no es así y apurando el paso de las decisiones y los de más edad, que todavía tienen sus sueños a cuesta, ordenando la vida para la paz todavía renovadora. Todos, eso sí, inmersos en las cábalas de los sueños irrealizados, de los errores tontos cometidos, de las decisiones inoportunas que un día fraguaron desmanes para su vida, la definición de lo que debía haber sido de otro modo y también pensando y pensando cómo van a seguir andando por encima de la cuesta, que es lo importante y no por los barrancos de la vida que se nos viene encima.

Alegría o tristeza, jolgorio o pasividad, sociabilidad o recogimiento, al alma abierta o aferrada a su encierro voluntario, explosividad o acatamiento del silencio, prontitud o prestación, decisión o vacilación, salsa o romanticismo acendrado; todo lo constataremos en estos días y todos, incluso los que van a estar absolutamente lacerados, por sufrir el dolor propio o ajeno, van a convocarse, desde las plazas más abiertas e iluminadas o los espacios más oscuros y propios, para pensar en cómo lograr lo que se les niega o cómo crecer y hacer crecer, desde la fundación de la vida. Es allí donde esa magnitud peculiar, que se llama felicidad, casi absurda en su propio término absoluto, pero a la que las mayorías nos aferramos como el mar a la tierra, por lo menos para tener la percepción de que esa luz puede estar al final del camino que vemos todos los días, se nos aparece con toda su fuerza vital.

Salud, suerte, amores, tranquilidad, armonía, estabilidad, decisión, amistad, concordia, dinero, paz, bienestar; son algunas de las cosas que cada uno rogará, a todas las divinidades inigualables de nuestra mente fecunda, para que se hagan realidad en el nuevo año.

Ese año nuevo está aquí y la escena para el recuento de lo por venir, que de eso se trata todo, está lista para desarrollarse. Cada cual marcará sus propias pautas, cada cual hurgará en sus propias huellas del modo que mejor sepa hacer, sólo guiado por esa voz que nos anticipará, desde dentro y que muy hacia fuera se hace, con su cuota de orgullo humilde.

Maldita voz dirán los desesperados, por resumidora de los dolores y gloriosa para los demás, por todos los ecos que levantarán, pero no les quepa duda, esa voz que nace en nosotros por estos días para dictarnos el pensamiento mismo; es la misma que durante siglos ha estado en los cantos de las sílfides, de las musas, de las reinas, de los vasallos, los festinados, los humillados, los santos, las alegres de siempre, los cuerdos y los locos; cada vez que decursaron en las multitudes menos adormecedoras o en los siloloquios más desesperados de todos los fines de año.

Por eso no hay recetas, que jamás deben enseñorearse, sino la genuina aspiración de que en ese balance intimista que se nos va a hacer inevitable, cada uno pueda alcanzar sus equilibrios más valederos y justos, para ellos y los que consideren suyos.

Por mi parte, –de hecho ya es así y lo refrendo ahora- estoy seguro que en mi balance estará usted: es que usted siempre se ha parecido demasiado a lo bueno y a lo grande. Gracias por eso.

“Sé feliz ahora, es más tarde de lo que piensas”, me dijo una amiga hace algún tiempo; así que ahora no se me ocurre otra cosa mejor que desearle a usted, exactamente eso, que sea lo suficientemente feliz, de la manera que sólo usted cree que es posible ello.

¿Nos complace? Eso me basta ahora mismo.

Williamluncast/William Luncast/William Luna Castro/Guillermo Luna Castro/Paripé/Unión de historiadores de Cuba –Unhic-/Universidad José Martí de Sancti Spíritus –Uniss-

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