La burocracia burocrática

Por: William Luna Castro

El alma se enferma con la sucesión de los acontecimientos que a diario son repetitivos: ya no busca quien no cambia, o quien se acostumbra acomodaticiamente a no buscar y aprender o quien no se duele por el encierro físico o de las ideas y creyéndose fértil, junto a los demás que también se lo premian, no fundan nada nuevo, ni un ápice de la nada.


Sí detienen el paso de los demás, cuando no por acción, por inacción. Martí visionó el “peligro y azote” que podría representar la burocracia, donde caen en infértil abismo hasta los más inteligentes y capaces, porque como socavón actúa sobre la sociedad, inmovilizándola y carcomiéndola después.
Y es triste, porque en tanto la burocracia burocrática actúa desde sus dogmas, silencios y modorras, el pueblo sufre. Puede ser un pensionado, un médico especialista, un artista, un profesor o un niño encima de una silla de ruedas: todos pueden ser víctimas de los que creen que piensan en que la mejor manera de hacer las cosas es cumplir con lo establecido, importándole un bledo el sacrosanto humanismo del que tanto ellos mismos blasonan en cada oportunidad que puedan.
El otro día me dirigí a la oficina donde se organiza todo lo relativo a la seguridad social de las personas ya jubiladas. Era mediado de enero, por lo que presuponía que ya no habría casi nadie haciendo las gestiones para recibir sus nuevas “chequeras” o documentos mediante los cuales pueden mensualmente cobrar el dinero correspondiente a su retiro laboral. Pero estaba llena la oficina.
Como era normal, la mayoría de las personas que esperaban realizar los trámites, sobrepasaban los sesenta y cinco años y, por supuesto, ya estaban oficialmente retirados de lo que hubieran hecho durante sus años laborales y no tenían otra cosa más importante que estar allí en espera del susodicho documento. A algunos eso les importaba un pito.
De todas formas, yo esperaba que hubiera un trato exquisito, amable y delicado con aquellas personas que habían hecho su aporte a la sociedad durante muchos años y se merecían el respeto soberano de todos y en particular, en aquel preciso momento, de las personas que laboraban allí.
Se notaba cierto nerviosismo en algunos pensionados, pues el tradicional sistema de cobrar su dinero mediante la presentación de un papel al Banco o a cualquier entidad autorizada para pagar esas cantidades, estaba siendo sustituido por tarjetas magnéticas de las cuales poco se conocía, menos aún su funcionamiento.
Había un hombre, mulato y delgado y aparentemente todavía muy fuerte, curtido por cualquier vida que le haya tocado vivir en sus aparentemente setenta y cinco años, que delante de mí se desmoronó como un párvulo solo en medio del bosque. Sus lágrimas caían sin poder evitarlo, mientras movía la cabeza de un lado a otro en señal de impotencia, aunque siempre en una postura dignamente contenida, por lo cual pasaba desapercibido por casi todos los que no estaban a su lado –lo que a mí me parecía aún más doloroso y brutal-; en tanto afirmaba, en voz que se ahogaba e ininteligible, “ella no puede salir de casa”.
Había recibido la noticia que, de manera arbitraria pero inequívoca, la chequera de su esposa ya no era un librito de papel, con subdivisiones mensuales como siempre había sido, sino que a partir de ahora ella debía cobrar su pensión con una pequeña tarjetica magnética, en un cajero automático, fuera de su zona de confort, para lo que tendría que aprender rápido o permitir que un familiar lo ayudara en ese proceso, o joderse. Pero nada de eso le importunaba en ese momento.
Lo que lo había puesto en aquella situación fue que le informaran que la tarjeta de su esposa era intransferible y que sólo ella podría recogerla, pues eso era lo que estaba establecido. El, desde un inicio hablando suave, con tal firmeza y seriedad que no podría ser mentira alguna palabra dicha, afirmaba que su mujer estaba encamada, imposibilitada de salir de la casa, no ya a ese trámite, sino a ninguno y que ojalá pudiera salir hacer cualquier cosa fuera de la cama.
Enseñaba, entretanto, el poder de la esposa, el mismo que siempre se pidió en estos casos, cuando se trataba de recoger una “chequera” de algún familiar, que no era más que otro papel común y corriente dando poder a quien correspondiera para hacer trámites de esa naturaleza en nombre suyo. Pero la funcionaria, mucho más inteligente que el hombre y sin una lágrima en sus ojos, le explicaba varias veces lo mismo que el veterano de la vida no quería entender: sólo ella y nadie más podía recoger la tarjeta, pues estaba establecido que a nadie más se le podía entregar.
Ya en la puerta de la oficinita donde se entregaban los documentos, unos y otros, y herido yo en mi propio rostro, le dije “vea a la directora, alguien tiene que dar una solución a esto, no puede ser que la estupidez humana llegue a grado tan bárbaro en cosa tan sencilla”, en tanto lo conminaba a obrar con un gesto de mi mano, más que todo para que las funcionarias de dentro se sintieran aludidas. Y funcionó.
Después, por experiencia propia supe que en tales casos se requiere de un poder oficial, realizado en documento representativo, casi notarial y que solo por excepción se realiza, lo que me pareció otro barbarismo, que el control y la evitación de fraude interfiriera con derechos elementales, como el de entender a los que no tienen más explicación que sus historias de heridas bien abiertas sin que haya pistolas para meterse un balazo en la cabeza.
Cuando salí, casi como líder del grupo, al evitar que otros oportunistas menores se colaran y se burlaran abiertamente de los más confiados y por haber intercedido en una persona que ya no tenía ni fuerzas para clamar por sus derechos –como hay cientos de miles que pululan con sus rostros graves, indecisos y miserables, en espera de que alguien les resuelva una minúscula parte de su infierno-iba optimista.
Por unos minutos, mientras me dirigía a la institución bancaria a donde me habían indicado para poder recoger la tarjeta magnética de mi mamá –sin imaginarme que otra nueva odisea comenzaría- pensaba no solo en lo engorroso de los actos que a diario entreteje la burocracia burócrata, sino lo pérfido y hasta despiadado que puede ser esta institución que no debería haber existido si no fuera porque alimenta a otros cientos de miles de personas que no saben hacer más que eso: rendirle pleitesía a lo establecido por otros burócratas burocráticos.
Martes 8 de febrero de 2017, 10:35 pm

Williamluncast/William Luncast/William Luna Castro/Guillermo Luna Castro/Paripé/Unión de historiadores de Cuba –Unhic-/Universidad José Martí de Sancti Spíritus –Uniss-

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