Huerta arropó al Che y lo degollaron

Por William Luncast

Varios soldados querían matar al Che en la noche del 8 y madrugada del 9 de octubre del 67, cuando estaba en el aulita tirado en el piso y amarradas las manos a la espalda. La borrachera les impulsaba más el deseo, -entre ellos a Mario Terán- para vengar a sus compañeros caídos; razón por la cual Miguel Ayoroa y Gary Prado pusieron de guardia permanente a los oficiales Tomás Aguilera, Carlos Pérez Panoso, Raúl Espinosa y Eduardo Huerta Lorenzetti.
Se turnaron los militares para cumplir la orden expresa de no permitir que asesinaran al Che y todos cumplieron, pero la experiencia extraordinaria que tuvo Eduardo Huerta marcó su destino.

Tenía 22 años y pertenecía a una familia con mucho honor y arraigo patriótico de la ciudad de Sucre y por empatía mutua o tal vez porque él lo propició de alguna manera –se puede entender que el Che intentó lo mismo con el resto de los oficiales- conversó mucho con el prisionero famoso, o más bien escuchó bastante sobre temas diversos.
Huerta narró posteriormente, en círculos íntimos de amigos y familiares, que la figura y mirada del Che lo impresionaron sobremanera y que en ocasiones llegó a sentirse hipnotizado; que le habló de por qué la lucha contra la miseria que padecían los pueblos, como Bolivia y sobre el trato que ellos les dispensaron a los soldados y oficiales capturados en contraposición a lo que había realizado el ejército con sus prisioneros.
Parecía un hermano mayor por la forma en que me hablaba, aseguró, y también que lo arropó con una manta que buscó afuera cuando notó que tenía frío y después le encendió un cigarro y se lo puso en la boca, ante lo cual el Che le dio las gracias y le siguió explicando que el propósito de la lucha era hacer la revolución contra el imperialismo norteamericano que sometía a nuestros pueblos.
Tanta confianza llegó a tener el Che que le propuso a Huerta que le desatara las manos y lo ayudara a escaparse y éste lo pensó, admitiendo que tenía deseos de ponerlo en libertad, -ya eso era un desafío para él-, hasta el punto que salió de la habitación a observar la situación afuera y hasta habló con su amigo Aranibar, el Oso, para pedirle ayuda, pero éste no consistió, diciéndole que era demasiado peligroso y que eso podía costarles la vida. Entonces se retractó, ante lo cual el Che solo lo miró fijamente sin decir nada más, ante lo cual él ya no pudo sostenerle más la mirada.
Hubo un último momento de esta relación: cuando Félix Rodríguez recibió la orden de matar al Che, entró a la escuelita en compañía de Andrés Sélich –el que enterró a Guevara y años después lo mataron sus propios compañeros- y ordenó retirarse a Huerta que estaba de guardia a esa hora también, pero cuando éste lo hacía vio que el cubano sacudió violentamente y le aló la barba al Che tratando de interrogarlo –seguramente desesperado-, a lo que reaccionó él tratando de evitar esos malos tratos, porque tenía la orden de cuidarlo, y forcejeó con el agente de la CIA, cayendo éste al suelo, desde donde le dijo “¡Me la pagarás bien pronto, boliviano de mierda, indio salvaje, estúpido!”, ante lo cual Huerta trató de golpearlo, pero el coronel Sélich se lo impidió.
Como era un joven que llevaba su honestidad a cuesta y siendo un testigo excepcional de todo lo que aconteció aquel 9 de octubre del 67, era presumible que su futuro no fuera promisorio si se consideran los muchos intereses en juego que habían en ese entonces, como las conspiraciones y luchas por el poder que se sucedían sistemáticamente, como aquella que intentaba organizar el asesinato del general Juan José Torres en La Paz.
No sé por qué razón Huerta es invitado a esa reunión secreta, porque era evidente que reaccionaría como lo hizo: rechazó participar en el asesinato del general porque creía que éste tenía razón en sus posiciones nacionalistas y en contra de la penetración norteamericana y específicamente de la CIA, razón por la cual el ya mencionado Sélich lo acusó de cobarde y por supuesto, lo amenazó con matarlo si decía algo de lo tratado en la reunión, aunque más que eso, lo sentenció a muerte.
Sélich le echó también en cara en esa oportunidad que el 19 de julio del 68, durante el primer juicio a los responsables de la fuga del Diario del Che a Cuba, facilitara información que comprometió a las fuerzas armadas bolivianas, al gobierno de Estados Unidos y a la CIA; al asegurar que el día 9 de octubre anterior habían asesinado al Che, que estaba prisionero; que uno de los culpables fue el agente Félix Rodríguez y que ese día habían capturado a otro guerrillero, también asesinado, todo lo cual se había silenciado hasta entonces y censurado rigurosamente después.
Todo lo que sabía, su actuar honesto y haber expresado públicamente que tenía la intención de escribir un libro para narrar lo sucedido en La Higuera, -lo que podía hacer con lujos de detalles- lo condenó a muerte, la que fue ordenada puntualmente por Sélich y la CIA, según varias fuentes, ocurriendo el 9 de octubre de 1970 –para simular un ataque de los revolucionarios bolivianos y emprenderla contra ellos después-, cuando fue decapitado “casualmente” después de chocar de manera violenta su automóvil contra un camión sin luces estacionado en la vía.
Fue un muchacho honorable que pecó de inocente frente a fuerzas muy poderosas y uno de los que engrosó la larga lista de personas que habían tenido algún vínculo muy directo con el Che y que fueron asesinadas por la derecha o por la izquierda.
22-10-2019
Williamluncast/William Luncast/William Luna Castro/Guillermo Luna Castro/Paripé/Unión de historiadores de Cuba –Unhic-/Universidad José Martí de Sancti Spíritus –Uniss-

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