Camilo: tres en uno

Por William Luncast

Decían quienes le conocieron que era muy enamoradizo de las mujeres, aunque nada comparado con lo que hoy es común, porque si bien gustaba de las chicas y trataba de conquistarlas con su sonrisa magnética y su gracia natural  –ellas también intentaban conquistarlo a él, antes y después de ser famoso-, no iba más allá de lo que las buenas costumbres de entonces imponían, ni metía bravatas aprovechándose de su poder e incluso podía ser muy tímido cuando de verdad estaba enamorado.

La salvadoreña Isabel Blandón regresó a Cuba buscándolo a él, después de haber estado saliendo juntos por San Francisco, Estados Unidos, donde lo cogieron preso por ilegal durante un mes, y a la prisión iba la mujer, que le llevaba unos 14 años, a llevarle alguna comida y ropa, pues se había quedado prendada con el muchacho alegre y fresco.

En La Habana se casaron en septiembre del 55, ella enamorada al parecer, él no tanto, porque desde hacía rato su amor solo respondía a otra mujer, habanera ella,  pero entre sus planes de residir en el norte para abrirse paso en la vida, la complementación natural de dos personas que se gustaban y la juvenil indecisión de su amor, le abrieron el camino para hacerlo.

No estuvieron mucho tiempo juntos, sobre todo porque sus planes habían cambiado de golpe y porrazo cuando estuvo en Cuba la última vez, inclinándose más por los intereses sociales que personales, por lo que del propio hogar norteamericano y postergando su idea de trabajar, ganar dinero, comprar una tintorería al padre y mejorar la situación de los suyos, salió hacia México para unirse a Fidel.

Isabel desapareció para siempre de la vida de Camilo, porque el amor no fecunda desde lo poco, menos cuando hay tantas alternativas de vida que se presentan de golpe, así que ya incluso antes del 59 se finiquitó la relación, año en que dos mujeres más pretendieron ocupar el tiempo y el alma del ya legendario guerrillero: Rosalba Álvarez y Paquita Rabaza.

Rosalba fue el amor del monte de Las Villas, específicamente de Juan Francisco, en la zona por donde estuvo acampando mucho el héroe en su campaña guerrera después de haber hecho la hombrada de la invasión.

Era una guajira de veinte años, de cara redonda, sonrisa bonita y cuerpo llenito en carnes juveniles que atraían al que decía que “era el único soltero de la tropa”, que se enamoró de inmediato de esa persona de hablar grueso, jaranero, respetuoso de los demás y que la miraba fijamente a los ojos sin importarle nadie y que por las noches hacían sus reuniones románticas a la luz de las estrellas.

Decía ella que “él sí quería” pero que ella era tonta y tachada a la antigua y lo tenía bien controlado, aunque aquella noche que ella estaba sola en la cama, él llegó y se le coló y ella saltó de pronto y salió de allí rápido, aunque en el fondo quería quedarse, como mismo falló en no irse en la columna hacia La Habana y después cuando fue, a pesar de buenas atenciones y promesas, ya no fue lo mismo, aun cuando se quedó en la capital e hizo su vida después, siempre marcada por la desaparición que le robó toda esperanza.

Ella estaba compitiendo, sin saberlo, con dos muros invisibles: la incomprensión del trabajo y ajetreo de Camilo y con Paquita Rabaza, la muchacha que sin ser novia oficial del héroe –solo lo fueron en agosto del 59- fue, al decir de varias personas, su gran amor.

Iba de Lawton hasta la Virgen del Camino todos los días, para adorar a esa chica de 16 años que lo traspasaba con la mirada, en un mutuo duelo de los ojos y los sueños por hacerse, que en cada jornada se elevaban como para que a la siguiente se hiciera realidad un beso que nunca existió más que en la imaginación.

Se dice que una hora antes de casarse con Isabel él fue a verla, no decidiéndose a expresarle que la adoraba y ella no pidiéndole que no se casara y que la esperara a ella; los dos gimoteando un amor intenso que los quemaba por dentro hasta tal punto que las palabras no se construían fuera de los labios.

Se vieron el primer día que entró a La Habana ya Camilo convertido en leyenda y al decir de muchos ella era su novia, cuando todavía tendrían que pasar siente meses para que él se le declarara y pudiera besarla de verdad, con la promesa de un pronto casamiento que se haría en diciembre, ella inmersa ya en el sueño de culminar lo que había labrado en años, él desbrozando dos tipos de pasiones, una pública donde era capaz de hablar ante miles de personas dueño de todo el arte de la oratoria, otra privada donde solo era capaz de hablar con los ojos.

Tres mujeres que fueron protagonistas de su vida, brevísima y grande y que siguieron amándolo después que dejó su estela en el aire.

25 de octubre de 2019

Williamluncast/William Luncast/William Luna Castro/Guillermo Luna Castro/Paripé/Unión de historiadores de Cuba –Unhic-/Universidad José Martí de Sancti Spíritus –Uniss

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